De hecho, la interrelación entre la hiperglucemia, los lípidos en sangre y la presión arterial supone riesgos importantes para la salud, especialmente para los pacientes diabéticos. La suposición de que los niveles elevados de glucosa en sangre sin síntomas evidentes son inofensivos es peligrosamente engañosa. A continuación, se presenta un análisis detallado del daño potencial que pueden causar estos factores:
Impacto del azúcar en sangre: Los niveles crónicamente elevados de glucosa en sangre pueden provocar una serie de complicaciones devastadoras en las personas con diabetes. Estas incluyen daños en los nervios (neuropatía diabética), los ojos (retinopatía diabética que puede causar ceguera), los riñones (nefropatía diabética que puede derivar en enfermedad renal crónica o insuficiencia renal) y los vasos sanguíneos (lo que contribuye a la enfermedad arterial periférica y a una mala cicatrización de heridas). La hiperglucemia también aumenta el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares debido a su impacto directo en las paredes arteriales y su contribución indirecta a la formación de placas mediante el proceso de glicación.
Vínculo entre lípidos en sangre: Los niveles elevados de lípidos en sangre, en particular los triglicéridos y el colesterol LDL, agravan la diabetes. Pueden acelerar el desarrollo de la aterosclerosis al promover la formación de placas en los vasos sanguíneos. Esta afección estrecha las arterias, restringe el flujo sanguíneo y aumenta las probabilidades de sufrir infartos, accidentes cerebrovasculares y enfermedad arterial periférica. Un mal control de los lípidos en sangre dificulta el control de la glucemia, ya que la resistencia a la insulina se ve exacerbada por la alta concentración de grasas en la sangre.
Consecuencias de la presión arterial: La hipertensión arterial persistente complica aún más el control de la diabetes. Puede provocar cardiopatía hipertensiva, en la que el ventrículo izquierdo se engrosa y, con el tiempo, se debilita, causando insuficiencia cardíaca. La hipertensión también aumenta el riesgo de enfermedad coronaria, lo que puede desencadenar angina de pecho, infarto de miocardio o muerte súbita cardíaca. Además, puede dañar los pequeños vasos sanguíneos del cerebro, provocando diversos accidentes cerebrovasculares, como un ictus, y los de los riñones, causando nefrosclerosis y, finalmente, insuficiencia renal.
La interacción entre estos tres parámetros —glucemia, lípidos sanguíneos y presión arterial— es, por lo tanto, crucial. Controlar los tres es fundamental en el manejo de la diabetes para prevenir o retrasar la aparición de complicaciones debilitantes y potencialmente mortales. Un manejo adecuado implica no solo controlar la glucemia con medicamentos e insulina, sino también adoptar cambios en el estilo de vida que influyan positivamente en los lípidos sanguíneos y la presión arterial, como una dieta equilibrada, ejercicio regular, mantener un peso saludable y dejar de fumar, si procede.
En definitiva, los objetivos principales del tratamiento de la diabetes son normalizar la glucemia, los perfiles lipídicos y la presión arterial, restablecer las funciones metabólicas adecuadas, apoyar la función de las células beta pancreáticas y, lo que es más importante, prevenir o retrasar la aparición de complicaciones derivadas de los efectos perjudiciales combinados y sinérgicos de estos tres factores.