Recientemente, una paciente anciana con diabetes de 10 años de evolución presentó un control glucémico subóptimo a pesar de recibir múltiples hipoglucemiantes orales. Refirió sed persistente, fatiga, pérdida de peso inexplicable y malestar general. Su glucemia en ayunas fue de aproximadamente 17 mmol/L, mientras que su glucemia posprandial fue de 28 mmol/L. Además, su hemoglobina A1c se situó en el 13,4%, lo que indica diversas complicaciones crónicas y motivó su ingreso hospitalario.
Durante su estancia, se le administró un régimen de insulina de tres dosis cortas y una prolongada, consistente en inyecciones de insulina aspart antes de cada comida e insulina glargina antes de acostarse. Con este tratamiento, sus niveles de glucosa en sangre comenzaron a disminuir progresivamente, al tiempo que experimentó mejorías en su estado mental y físico, además de un control eficaz de la glucemia en ayunas y posprandial. Tras tres días de seguimiento estricto y estabilización de sus niveles de glucosa, fue dada de alta del hospital.
Sin embargo, menos de una semana después del alta, la paciente reingresó debido a una hiperglucemia grave. En la clínica, su glucemia aleatoria se elevó a 30 mmol/L, y reaparecieron los síntomas de sed, fatiga y malestar. El médico tratante la interrogó minuciosamente para identificar la causa de su afección recurrente: si se trataba de una infección u otros factores de estrés, hábitos alimenticios descontrolados, actividad física insuficiente, interrupción de la medicación antidiabética oral concomitante, dosis de insulina inadecuadas u omitidas, degradación de la potencia de la insulina debido a temperaturas de almacenamiento incorrectas o el uso de corticosteroides. La paciente descartó todas estas posibilidades. Tras su reingreso, se reinició el régimen de insulina de tres dosis cortas y una larga, lo que rápidamente restableció sus niveles de glucosa en sangre a un rango manejable.
El médico seguía perplejo ante el repentino aumento de la glucemia de la paciente. Junto con ella, examinaron minuciosamente cada aspecto de su tratamiento, descubriendo finalmente un problema con el proceso de inyección de insulina. Hasta la fase de selección de dosis, la paciente había seguido el procedimiento correctamente, incluyendo la colocación de la aguja, el ajuste del cartucho de insulina y la preparación de la pluma. Sin embargo, en el paso crítico donde se debe extraer y girar el selector de dosis para ajustar la dosis de insulina deseada (como se muestra en la Figura 8), la paciente, sin darse cuenta, volvió a colocar el botón desenroscado en su posición original, reiniciando así el indicador de dosis a cero. En consecuencia, no se administró insulina, lo que provocó un aumento drástico de su glucemia.
En la práctica clínica, los profesionales sanitarios a menudo se enfrentan a multitud de problemas y complejidades imprevistas. A pesar de brindar instrucciones detalladas y paso a paso a cada paciente que se inyecta insulina hasta que demuestre destreza, en ocasiones los pacientes encuentran dificultades al administrarse las inyecciones de forma independiente. Por lo tanto, es fundamental que el personal médico sea paciente y meticuloso, permitiendo a los pacientes amplias oportunidades para practicar hasta que dominen la técnica de inyección. Asimismo, es necesario educar a los pacientes para que controlen regularmente sus niveles de glucosa en sangre y notifiquen de inmediato a sus profesionales sanitarios en caso de fluctuaciones inexplicables. De no hacerlo, podrían sufrir una infradosificación o sobredosificación significativa de insulina, lo que puede tener consecuencias irreparables para la salud, e incluso ser mortal en casos graves.